Bodega subterránea tradicional de piedra con barricas de madera y suelo de tierra en una villa histórica

Bodegas de Laguardia: el laberinto bajo la villa medieval

Bajo las calles de Laguardia no hay tierra firme corriente. Hay huecos, arcos ojivales y siglos de pico y pala. Mientras paseas por sus empedrados medievales, estás caminando literalmente sobre un laberinto enológico de túneles que conecta casi cada portal. Las bodegas de Laguardia superan las doscientas en el subsuelo del casco histórico, horadando la roca hasta convertir la villa en una colmena subterránea donde el vino lleva dictando la arquitectura desde hace generaciones.

Es un caso insólito en nuestro patrimonio. En la mayoría de las localidades vinícolas, las instalaciones de elaboración se trasladaron hace décadas a la periferia para facilitar la entrada de maquinaria pesada y camiones. Aquí el subsuelo sigue vivo. Cada vivienda particular conserva prácticamente su propio calado, una cueva excavada a varios metros de profundidad donde la temperatura y la humedad se mantienen estables de enero a diciembre sin necesidad de tecnología moderna. Una maravilla de la ingeniería popular que merece una visita pausada.

Más de doscientas bodegas bajo las casas de piedra

La fisonomía de esta villa amurallada engaña a primera vista. En superficie, todo responde al canon de plaza fuerte medieval defensiva: murallas robustas, puertas de acceso estrechas y casas de sillería blasonadas. Pero el verdadero tesoro comienza tres o cuatro metros más abajo. El subsuelo está perforado por kilómetros y kilómetros de galerías excavadas en la roca arenisca.

El origen de estos pasadizos no fue exclusivamente vitivinícola. Durante la Edad Media, los vecinos perforaban el terreno para guarecerse de los asedios militares y almacenar víveres sin ocupar espacio intramuros. Con el paso de los años y la consolidación de la tradición agrícola de la comarca, el cultivo de la vid reclamó esos espacios oscuros y frescos. Se convirtieron en el lugar perfecto para reposar barricas, tinajas y botellas.

A nosotros nos fascina esa continuidad doméstica: no estamos ante un parque temático excavado para turistas, sino ante el sótano real de familias que llevan elaborando vino en el vientre de su propio hogar durante siglos.

Bodegas de Laguardia: el laberinto bajo la villa medieval - imagen 2
Foto: Leo Woessner / Pexels

Caminar sobre un queso gruyer de calados medievales

Pasear por la villa tiene sus peculiaridades logísticas. El entramado subterráneo es tan denso que el tráfico rodado pesado está terminantemente restringido dentro del recinto amurallado. Las calles no soportarían el peso continuo de vehículos de gran tonelaje porque debajo no hay roca maciza, sino bóvedas y galerías que respiran a través de respiraderos en las fachadas, conocidos localmente como tuferas.

Estas tuferas son pequeños orificios enrejados a ras de suelo por donde salía el gas carbónico (el tufo) generado durante la fermentación tumultuosa de la uva. Pasear con atención implica mirar al suelo para advertir esas rejillas que conectan el aire exterior con el silencio de las profundidades. Pocos lugares transmiten una sensación física tan nítida de estar pisando historia viva.

Si estás organizando alguna de tus escapadas de otoño en busca de tranquilidad, silencio y buen comer, este rincón alavés ofrece ese compás pausado que tanto cuesta encontrar los fines de semana.

La experiencia de bajar al subsuelo: qué esperar en la visita

No todas las más de doscientas cavidades están abiertas al público. Muchas siguen perteneciendo a familias locales que las utilizan para su producción privada o como lugar de reunión íntimo. Sin embargo, varias bodegas tradicionales y casas históricas ofrecen recorridos que permiten descender por escaleras empinadas de piedra hasta el corazón de la roca.

Al descender, la transición es inmediata:

  • El golpe térmico: la temperatura cae en picado hasta rondar unos 12 o 14 grados constantes, sin importar si fuera el termómetro marca un mediodía soleado o una tarde helada.
  • El aroma mineral: el aire huele a piedra húmeda, madera vieja de roble y los restos tostados del mosto que ha impregnado la roca durante décadas.
  • El silencio absoluto: el grosor de las bóvedas aísla por completo cualquier murmullo de la calle superior, creando una atmósfera casi litúrgica.

Aquí no vas a encontrar naves industriales con depósitos de acero inoxidable relucientes ni pantallas interactivas de última generación. En los calados históricos se respira la penumbra de las velas, los nichos de botella polvorientos y la humedad caliza que gotea de las paredes. Pura sobriedad castellano-alavesa.

Bodegas de Laguardia: el laberinto bajo la villa medieval - imagen 3
Foto: Javier Balseiro / Pexels

Qué meter en la maleta para una escapada de calados y viñas

Organizar el equipaje para visitar una villa medieval con bajada a bodegas subterráneas exige cierto sentido común práctico sin perder el estilo. La combinación de suelo empedrado en superficie y humedad resbaladiza en el subsuelo descarta de raíz cualquier zapato incómodo.

Olvida los tacones finos o las suelas de cuero liso sin agarre. La mejor elección pasa por unas botas de piel con suela track de goma o unas zapatillas técnicas de piel que soporten adoquines desnivelados y escaleras empinadas talladas directamente en la piedra.

En cuanto a las prendas de abrigo, la técnica del vestir a capas funciona de maravilla. En la calle el sol de media tarde puede ser agradable, pero abajo vas a necesitar una prenda exterior resistente: una chaqueta encerada, una sobrecamisa de lana gruesa o una cazadora de ante con forro interior te protegerán de la humedad penetrante de los calados sin que pases calor al volver a la superficie.

Planes alrededor del vino y la piedra

Laguardia se recorre a pie en pocas horas, pero invita a quedarse dos o tres días para empaparse de su ritmo. Hay varias paradas imprescindibles que completan la bajada a los calados:

  • El pórtico de Santa María de los Reyes: una joya de la escultura gótica que conserva intacta su policromía original del siglo XVII gracias a haber permanecido resguardada tras un atrio cerrado.
  • El paseo de El Collado: un mirador perimetral sobre las murallas que regala vistas abiertas sobre el mar de viñedos que rodea el montículo rocoso donde se asienta la villa.
  • La gastronomía de cazuela: sentarse en una mesa local a degustar patatas a la riojana, chuletillas al sarmiento o pochas calientes maridadas con tintos de maceración carbónica elaborados en la propia comarca.

A nosotros nos encanta el contraste entre la penumbra fría de las bodegas y la calidez ruidosa de los mesones al salir a la superficie. Pocos planes otoñales aúnan tan bien el apetito con el descanso visual.

Preguntas frecuentes sobre las bodegas de Laguardia

¿Por qué hay tantas bodegas bajo el casco urbano de Laguardia?

Su origen combina defensa militar y producción agrícola. En la Edad Media servían de refugio y almacén seguro durante las guerras. Más adelante, al consolidarse la producción vinícola, las familias ampliaron las galerías subterráneas para conservar el vino en condiciones idóneas de humedad y temperatura natural sin ocupar espacio habitable en la superficie.

¿Se pueden visitar todas las bodegas subterráneas de la villa?

No. De las más de doscientas bodegas existentes en el subsuelo, la gran mayoría pertenecen a vecinos particulares que las conservan para uso familiar. Sin embargo, existen varias bodegas tradicionales, hoteles y restaurantes que permiten el acceso a sus calados mediante visitas guiadas y catas organizadas.

¿Qué ropa conviene llevar para descender a los calados?

Imprescindible calzado cómodo con suela de goma antideslizante, ya que los peldaños de piedra suelen acumular humedad y el suelo puede ser irregular. Conviene llevar también una chaqueta o jersey abrigado, dado que la temperatura en el interior de las galerías oscila entre los 12 y 14 grados durante todo el año.