Escenario y butacas aterciopeladas de un teatro de ópera histórico con iluminación tenue y elegante.

I Capuleti e i Montecchi en el Liceu: triunfo de Lisette Oropesa

La noche de ópera en La Rambla prometía tensión dramática y la sala respondió con ovaciones cerradas. El montaje de I Capuleti e i Montecchi en el Liceu ha reunido la partitura de Vincenzo Bellini con una lectura escénica dominada por la sombra, el claroscuro y un pulso musical que no dio tregua al patio de butacas. Entre los ecos románticos de Verona y la sobriedad visual elegida para este regreso, la soprano estadounidense Lisette Oropesa asumió el reto de levantar el drama vocal de Giulietta con una autoridad incontestable. A su lado, la mezzosoprano Raffaella Lupinacci compuso un Romeo resuelto y cortante, construyendo entre ambas ese diálogo tenso que sostiene toda la arquitectura del bel canto.

No suele ser fácil equilibrar una obra donde la tragedia de los amantes de Verona prescinde deliberadamente de la trama shakesperiana tradicional para concentrarse en la pureza de la línea vocal. Bellini escribió para las voces puras. Exige agilidad extrema, respiración de hierro y un control de los matices que no admite atajos técnicos. El público de Barcelona, curtido en veladas de alta exigencia lírica, asistió a una función que se debatió entre la brillantez de su foso musical y las aristas de una propuesta escénica que dividió pareceres.

Lisette Oropesa y el dominio técnico de Giulietta

Había expectación por ver cómo afrontaba Lisette Oropesa el papel de Giulietta en este título temprano de Bellini. La soprano no decepcionó. Su interpretación ofreció una lección absoluta de bel canto, modulando cada fraseo con precisión milimétrica, proyectando los agudos con limpieza y dotando al personaje de una fragilidad que nunca sonó endeble. Oropesa domina el estilo italiano con una naturalidad pasmosa. En sus intervenciones más sentidas, la voz flotó sobre la orquesta sin perder ni un gramo de cuerpo.

El timbre luminoso de la soprano estadounidense encajó a la perfección con la oscuridad circundante del escenario. Frente a lecturas excesivamente histriónicas de este repertorio, nosotros preferimos esta contención elegante: cantar el dolor desde el fraseo perfecto antes que desde el desgarro teatral. Giulietta, encerrada en los muros hostiles de su palacio, encontró en la voz de Oropesa una nobleza conmovedora. Pocas veces se escucha en el Gran Teatre una homogeneidad tímbrica tan sólida en los pasajes más comprometidos de la partitura.

A su lado, Raffaella Lupinacci resolvió la compleja papeleta de encarnar a Romeo con aplomo. La tradición belcantista de asignar el rol del héroe masculino a una mezzosoprano confiere a este título una textura sonora singular, donde los dúos entre los amantes se funden en una intimidad casi abstracta. Lupinacci aportó densidad, mordiente y un centro vocal rotundo que contrastó de maravilla con la ligereza aérea de Oropesa. Ambas sostuvieron los momentos cumbres de la velada con una complicidad canora evidente.

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Foto: Jan Tang / Pexels

Tenebrismos y sombras en la propuesta de Allex Aguilera

El envoltorio visual de la velada llevó la firma del director de escena Allex Aguilera. Su planteamiento apostó de lleno por el tenebrismo, una atmósfera cargada de sombras donde la luz entraba como un bisturí para recortar las siluetas sobre la penumbra. Desde el punto de vista plástico, la producción resulta innegablemente atractiva: cuadros oscuros, composiciones sobrias y una estética casi pictórica que dialoga con los códigos del romanticismo tardío.

Sin embargo, el trabajo actoral dejó lagunas palpables. La dirección de actores se mostró deficiente en varios pasajes clave, dejando al coro y a los solistas desasistidos en movimientos demasiado estáticos o convencionales. Cuando el espacio visual es tan austero y tenebrista, el cuerpo de los intérpretes necesita una guía milimétrica para no caer en el hieratismo gratuito. Hubo momentos donde el drama no terminó de fluir con la fluidez orgánica que merecía la música, dependiendo casi en exclusiva del magnetismo propio de los cantantes para evitar el estancamiento.

Aun con esos desajustes escénicos, la belleza formal de los cuadros ofreció estampas de indudable impacto estético. La ropa oscura, los contrastes de iluminación y la renuncia al exceso decorativo permitieron que toda la atención convergiera en el duelo vocal entre facciones enfrentadas. Una austeridad severa que, bien mirada, sirvió para despojar la leyenda de adornos superficiales.

La batuta de Riccardo Frizza y el pulso del bel canto

En el foso orquestal, Riccardo Frizza impuso su experiencia contrastada en este repertorio. El maestro italiano conoce las trampas y las virtudes de Bellini al dedillo: sabe cuándo apretar los tempi para transmitir la urgencia del conflicto civil y cuándo ensanchar el compás para regalar a las cantantes el aire necesario. Bajo su dirección experta, la orquesta del Liceu sonó compacta, equilibrada y respetuosa con el escenario.

Primó la belleza de la partitura por encima de cualquier capricho individual. Bellini no tolera directores que busquen el protagonismo sonoro a costa de las cuerdas vocales; su orquestación, aparentemente sencilla, requiere una transparencia cristalina para que las melodías infinitas respiren con verdad. Frizza administró las dinámicas con mano firme, evitando tanto la pesadez decibélica como la languidez sentimental.

  • Un pulso rítmico riguroso que mantuvo en vilo los concertantes colectivos.
  • Un acompañamiento camerístico y sutil en las cavatinas de Giulietta y Romeo.
  • Un tratamiento sonoro que supo destacar las fanfarrias marciales sin ahogar a los solistas.

La homogeneidad del conjunto vocal permitió que la obra se desarrollara como un bloque armónico sólido. Aunque las figuras de Oropesa y Lupinacci sobresalieron con justicia, el resto del elenco cumplió con dignidad la exigencia técnica impuesta por el foso, garantizando una noche lírica de notable empaque global.

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Foto: Dmitry Romanoff / Pexels

El diálogo entre la ópera y la estética actual

Asistir a una función de ópera en pleno otoño barcelonés no es solo un placer musical; es también un ejercicio de estilo y observación urbana. Quienes cruzan las puertas doradas del Liceu entienden que la elegancia escénica convive de forma natural con la vida cultural de la ciudad, en un diálogo continuo con otras disciplinas artísticas como los dibujos de Gaudí que rescatan la memoria estética de Cataluña. El tenebrismo de Aguilera sobre el escenario tiene ecos en las tendencias visuales de la temporada: sastrería limpia, paletas dominadas por negros carbón, grises pizarra y pequeños toques de luz controlada.

La figura de Romeo encarnado por una voz femenina sigue resultando un recurso fascinante desde el prisma contemporáneo. Lejos de verse como un anacronismo del siglo XIX, la ambigüedad andrógina del héroe romántico viste la escena con una sofisticación intemporal. Esa silueta estilizada, despojada de artificios bélicos pesados, dialoga muy bien con el gusto actual por las líneas puras y los perfiles limpios en la sastrería moderna.

El público de la velada demostró que el bel canto sigue teniendo una capacidad insólita para emocionar cuando se ejecuta con la maestría que exige. Barcelona revalida así su condición de plaza lírica fundamental, donde las voces mandan y los montajes se juzgan con criterio afilado.

Preguntas frecuentes

¿Quién protagoniza la ópera I Capuleti e i Montecchi en el Liceu?

La producción cuenta con la soprano estadounidense Lisette Oropesa en el papel de Giulietta y la mezzosoprano Raffaella Lupinacci encarnando a Romeo, acompañadas por un solvente reparto bajo la dirección musical del maestro Riccardo Frizza.

¿Por qué el papel de Romeo lo canta una mujer?

Vincenzo Bellini compuso el personaje de Romeo para una voz de mezzosoprano siguiendo la tradición romántica del papel con pantalones (travesti), lo que permite una fusión tímbrica única y muy íntima en los dúos de amor con Giulietta.

¿Cómo es la puesta en escena de Allex Aguilera?

La propuesta destaca por su estética tenebrista y visualmente atractiva, basada en marcados contrastes de luz y sombra, si bien la crítica ha señalado ciertas carencias en la dirección de actores sobre el escenario.